Durante estos días se cumple el Primer Aniversario del Camino de Santiago que realizó el IES La Escribana. Para conmemorarlo y continuar manteniendo vivo este blog, subimos un libro, creado por Francisco García Rueda, nuestro Director y Orientador Paco 🙂

Haz clic aquí : Camino de Santiago Escribano.

Esperamos que sigáis disfrutando con nosotros de aquella aventura.

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Paisajes y peregrinajes

Apunte caminero (sexto)

JOSÉ R. PEDRAZA (Santiago, A Coruña / La Puebla de Sanabria, Zamora). Hacer una crónica en ruta, y contrarreloj, no es de buen gusto, pero es lo que toca.

La noche fue algo movida, era de esperar; todo se acaba, y había que celebrarlo. Desayuno tranquilo, recogida del barracón 30, maletas arriba, y charla-balance del director a toda la expedición en un auditorium improvisado (unas escalerillas son un buen aula por definición). Palmas. Feliz cumpleaños para un expedicionario. A pocos metros de salir, José Cao Lata, escultor en piedra, nos permite la entrada a su taller. Desde 1959 lleva pegando martillazos, y la dureza de la vida le ha llevado a una estatuaria crítica: “esto es un juez en una cuna, balanceándose, ensimismado, haciendo su justicia; una abeja moribunda, la que tanto nos da y que fumigamos aquí y allá”. Nos insta a difundir una máxima que tiene epigrafiada: “El Camino de Santiago debería ser un museo de talleres de exposición en acción”. Nos da una tarjeta de visita y nos agradece la misma.

Santiago espera al final de este “Itinerario cultural europeo”. Nos miramos, y en ese cruce de miradas se vislumbra la compartición de un sentimiento: queremos volver a casa, pero no queremos que acabe este peregrinar. A Santiago se le nota la capitalidad, el bullicio, y hoy la luminosidad le sienta bien, aunque la niebla en estas piedras históricas debe de tener su punto. La ciudad es algo desconcertante, los intersticios (vacíos intraurbanos) llenos de maleza ahuecan el casco urbano. Parada: Paco advierte nuevamente del motivo a aducir para obtener el deseado papelito (“motivos religiosos o espirituales”), pero ojo con soltar algo por la boca que de muletilla ordinaria se puede convertir en la Oficina del Peregrino en motivo, como poco, de excomunión. Piénsese la solución muletera, ¡Dios!.

Paseamos por las calles flaneando (deambulando, hacer le flaneur), convirtiendo cada detalle en un justificado destino. El aire portugués, las cristaleras blancas, alguna chica moderna y sedente de riguroso negro, pelo corto, ojos azules y tez muy blanca, marcan una estética. La pancarta se despliega a la altura de la plaza de Salvador Parga, en Rúa das Casas Reais. Cánticos y palmas por bulerías en la plaza de Cervantes, grandes lajas de piedra, fuente chisporroteante, ventanas blancas en balconadas pétreas, deán del Cabildo de riguroso negro y cano. Solemnidad. Todo es comercio.

La catedral parece varada en un astillero; los andamios la envuelven parcialmente. Las gaitas se filtran con la brisa marina. Grandilocuencia arquitectónica en la fachada de Las Platerías. Y entrado en el Obradoiro, alguna lágrima moja las lozas del mágico sitio. Sentimiento andaluz sellado en el suelo bendito de Galicia. El portalón barroco de Casas Novoa nos mira sorprendido del revuelo. No tengo colores en mi paleta para describir lo que ven mis ojos. Dos mimos vestidos de Corazón de Jesús y de Santiago cogen casi en volandas a algunos viajeros que desconfían en cierto modo de los figurantes. Trajín de gentes, y pase de fotos por niveles escribanos (1º, 2º, 3º, 4º, coche escoba, telemáticos,…). Todos del mismo color: azul ducados y amarillo con “Córdoba 2016” en el pecho. Se oye decir por la espalda “¡Qué paciencia tenéis los monitores!”. Una camiseta del Córdoba CF da un toque andaluz bajo los soportales de la Presidencia de la Xunta. Guerra psicológica.

Nos marchamos por la compostelana ,conseguida por todo el que quiso. En un libro de firmas, le dejamos un recadito al Santo. A ver si nos escucha cuando pueda, porque todos pedirán lo suyo. Nosotros, salud para los colegas aventureros, la comunidad escolar y la familia (resumiendo).

Como un día dejamos pendiente escribir de valores, Paco, ahora Orientador, manuscribe:

  • “La amistad que ya existía se ha fortalecido aún más”.
  • “Hemos descubierto personas”.
  • “Hemos vivido el camino”.
  • “La actividad educativa más productiva”.
  • “Te sientes bien contigo”.
  • “Te vuelves permeable a las sensaciones”.
  • “Somos mejores personas después del camino”.
  • “La llegada produce la contradicción de no querer reconocer el fin”.

Mientras esto sucede, un episodio simultáneo, sí, un episodio con entidad en sí. Sonia, súbitamente, arranca de los veladores en busca de dos turistas y sabemos que les da unos dineros y una servilleta. Al poco tiempo, un músico bohemio hace sonar Autum leaves. ¡Qué cosas! Ella: “¡Qué caña!”. De pronto, con la campana del reloj tocando las 14’30, los bastones que sujetaban la pancarta tirada en el suelo caen por la escalinata movidos por el airecillo; sólo les faltó golpear la Puerta Santa y que se abriera de par en par.

Los muchachos pululando por el callejero. El profesorado en “Carpe Diem”. Almuerzo pantagruélico. En la sobremesa, queimada con conjuro de Alberto T. (sobre su cabeza un saco de arpillera como atrezzo y una garrota en la mano –“Horzas do aire, mar e lume! A vos fago esta chamada: si e verdade que tendes mais poder ca humana senté, eiqui e agora, facede cos epiritos dos amigos questán fora, participen con nos desta queimada”-). El conjuro terminó con palmas por bulerías (eso es interculturalidad). En los postres, turno de reflexiones, divagaciones, confesiones y emociones. Unos y otras, pares y nones. La frescura de un grupo con armonía inundó todos los corazones.

La tarde es gustosa: campanas sordas repicando en un calle abarrotada de gentío que va y viene, regalitos, dulcería. Por la tarde primaveral de paseo, saboreándolo todo junto, reviviendo momentos, como colofón, concluimos todos y todas que nos sentimos bien por haber hecho lo que hemos hecho (y fue posible por los nombrados en algún momento, y por los que no, y todo el equipo es: Paco G., Caro, Sonia, Diego, Julio, Alberto T., Alberto S., Josefina, Manuel, Mª Jesús, Eloy, Antonio, Paco M. –el médico- y José R.).

Nos encontramos de nuevo con Sherry y Jeff, los californianos. Le damos la dirección de este blog. Vendrán a Sevilla (han quedado con su hija) y a Córdoba. Lo mismo nos vemos en la bulla del Miércoles Santo. Así es el Camino. De ahí, visita a la Catedral, rituales de rigor de los que quisieron. Un abrazo y buenos deseos, peticiones, las justas, y algún ofrecimiento/compromiso.

A la hora convenida, concentración, y, sin recaída, cánticos tribales en un círculo prodigioso. Comenzó la vuelta, y se hace necesaria la recuperación. La estabilidad la hemos encontrado en buena medida. Algunos ojos se humedecen cuando la brújula marca S.

Santiago seguirá presente en cualquier caso, y “en el andar del peregrino, en las pisadas de quienes lo recorrieron, se siente aún hoy el eco de lo que fue el Camino” (Eugenio Romero Pose).

La señal en el libro de la vida de cada cual dejará marcada esta página para siempre.

Día 5: Salceda – Monte do Gozo

Publicado: abril 14, 2011 en Uncategorized


Paisajes y peregrinajes

Apunte caminero (quinto)

JOSÉ R. PEDRAZA (Monte de Gozo, A Coruña). Esta penúltima etapa, según las referencias, “pierde toda su belleza. Son kilómetros entre grandes rotondas, urbanizaciones, polígonos donde están los estudios de televisión…El resultado es que cuando se llega al Monte do Gozo no hay ningún monte. Eso sí, se ha construido un carril para los peregrinos con un firme perfecto que garantiza la seguridad de los caminantes. Después de esta etapa de constantes subidas y bajadas, son muchos los que tienen clara una cosa: las piernas sufren más en los descensos, sobre todo en la última cuesta que va hasta Santiago”. Ciertamente.

Anoche costó silenciar la grey. Cánticos, bailes, respuestas y contrarrespuestas. Paco Montávez viene a decirme que tiene alguna que dice “estoy destruida” (para conocimiento general, el cronista hace saber: que el médico ha montado una consulta, y que tiene sillas y mesita –faltan revistas del corazón-, y que hay turno para pedir la vez, y que quien quiera tiene derecho a ser diagnosticado y tratado, y que todo el mundo será curado, y que…no para el galeno”. ¿Qué sería esto sin médico?

El equipo telemático y el dream catering tenían ganas de seguirle el rollo a los chicos. “La tiraron al barranco, la tiraron al barranco, la tiraron al barranco, toda vestida de blanco” (repítase según convenciencia o necesidad). En realidad, pensemos: si además de trabajar te diviertes, la fortuna se hace presente, oséase, la repera de felicidad. Divertirte trabajando a diario. ¡El gordo!

Esta mañana evacuamos el hangar de Melide. El desparrame de maletas tiene que volver a su ser. Una ciudad en movimiento (sin exagerar, somos más que la mayoría de las parroquias transitadas).

Tras el rutinario desayuno, carga de las bodegas de las naves, y a las 10,45 salida desde Salceda (estiramiento al sol). Para que no falte de nada en un viaje de este calado, nos dejamos atrás a Diego (se deja a la libre interpretación el motivo del abandono). El coche escoba hizo plenamente sus funciones. Sirvió para lo suyo, barriendo.

Goterillas, tironcillos, algún dedo averiguado. La asistencia sanitaria es propia de un ángel de la guarda o de Los Ángeles de la Noche. Paco Montávez es pulpo más que hombre.

Pasando Santa Irene, cartel de la Orden del Camino de Santiago con la relación de los que apadrinaron árboles. Paco García nos trae noticias: hemos salido en el Córdoba, en el suplemento de Educación. Satisfacción para el grupo. A un equipo de reporteros de TV  le perdonamos la vida: no le preguntamos, porque sería el colmo, entrevistadores entrevistados. Sonía, Paco y el firmante tontean haciendo una foto preparada; “¡qué no, qué no, que no ha salido como queréis!”. El teatro del absurdo, volviendo para atrás, para conseguir una foto. Delirios peregrinos.

A poco más de unas varas de trecho, un pedazo de susto: de un remolquillo publicitario sale una voz que se activa al pasar y recomienda no sé qué (eso que algunos hemos sentido cuando por primera vez nos habló el gps después de llevar unos meses con él). El remolque hablante se llevó un exabrupto de los que marcan época (se me ha olvidado el insulto justo ahora).

A unos pies de ese cacharro parlante (como los surtidores que te desean buen camino, bla, bla, bla, y que los miramos con el rabillo del ojo), el rictus se nos invierte. En O Rúa, una estela funeraria de las que te cogen el pellizco: “Myra Brennan (52 años), hija de Kilkenny y Sliga y nacida en Irlanda, murió plácidamente en su sueño en Santiago el 24.06.2003, tras terminar su segundo Camino de Santiago consecutivo”.

A unas yardas (el cosmopolitismo que a uno se le pega), José M. Regueiro nos da charla. En la mano tiene en pedazo de hoz que, por suerte, en ninguno momento agita (menos mal que lo suyo no son los aspavientos). Parada técnica en O Pedrouzo. En un viejo caserón abandonado, una telaraña horizontal hace funciones de visillo natural (¿quién dijo que las arañas no saben hacer ganchillo?). La ruta se hace anodina: polígonos y calles asoleadas. El encanto se perdió. Desencanto. En Amenal el camino se empina, pero dos taludes de verdina enseñorean una de las mejores versiones del Camino. Un túnel natural, un bosque galería que se lleva la palma en el arte fotográfico. Cuesta arriba y cuesta abajo, foto.  La cuesta a Lavacolla fue dura, para algunos/as el calvario.

El almuerzo se hace entre una autovía y el final de las pistas del aeropuerto de Santiago (Lavacolla). Las balizas de señalización eran nuestro sino. El ruido de los trailers subiendo la cuesta y los aviones despegando haciéndonos casi la raya en el pelo, más algún chicarrón-del-norte caminero que nos deseó ¡¡¡buen camino!!! (con tono grave, el del Orfeón Donostiarra) en plena siesta –tirados en el asfalto-, nos convirtió la comida en un momento inolvidable. La comida terminó por dárnosla los camiones de arena que levantaban cada 3 minutos una polvareda asfixiante más propia del Rocío que de Santiago. Como ayer, el mundo bocabajo.

En Sabugueyra, San Pelayo (1840), parroquia con cementerio como logia (galería). Y a una vuelta del Camino, Celsa, lavandeira do rio, con la que nos entretenemos charlando sobre el porqué de seguir lavando haciendo equilibrios en medio del arroyo. “Tengo lavadora, pero esto es mejor”. Es una postal del portal de Belén; un avión recién despegado volando sobre Celsa y servidor nos traslada a la realidad avanzada. Esto es Galicia.

En Villamayor (que Josefina dicta como Villameior –plurilingüismo siempre-), merienda a gogó. Un buen lugar de parada, herbazal con lavadero en desuso, arroyo cantarín y fuente; albergue moderno. En conjunto: un rincón que aquí llaman lugar.

Y al final, Monte de Gozo, el monumento de Juan Pablo II y los peregrinos de bronce gozando de la vista, y los de carne y hueso, los corchúos, triunfantes con júbilo desmedido embargando al grupo, al equipo. El Sol cae a poniente, y las espadañas de la Catedral nos señalan la meta.

En el albergue (barracón nº 30), un rato de fútbol (el campo era por lo menos de la Inglaterra del siglo XIX), maletas, duchas, cena (casi autoservicio), y cierre de la sesión. Julio vigila, el equipo telemático, en vigilia. Santiago duerme, La Escribana sueña. Gozo en el Gozo.

Día 4: Melide – Salceda

Publicado: abril 13, 2011 en Uncategorized

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Paisajes y peregrinajes

Apunte caminero (cuarto)

JOSÉ R. PEDRAZA (Salceda, A Coruña).  La noche en paz. Algún ladrido que el eco de esta macroconstrucción que nos cobija amplificaba como demonios, y algún viento con vocación de músico de metal; la techumbre crujía que parecía el Titanic  tras rozar con el iceberg. Los nenes habían jugado después de la caminata, y, claro, había que rendirse a Morfeo por decreto.

Algunos se acostaron con agujetas, que se manifiestan en cojeras, ladeamientos, requiebros. Andando, con la cara descompuesta, parecíamos al jorobado de Notre-Dame. ¡Qué destartalamiento de gente!, peregrinos pata negra.

La mañana se levantó con viento frío del Este. Alguna nube de algodón se mueve por agradar la panorámica. Fresco de la mañana que se agradece después de salir de un saco de dormir cual crisálidas (más arrugas que Doña Rogelia). Cuando sale el grupo a la calle, con este sol, parece una procesión de mariposas monarca (tecnicolor). Colores, colorines (sin coloretes –no da tiempo, ni estamos para ellos-).

El desayuno se retrasa algo. Pero el equipo gastronómico (las chicas catering) rehace rápido el entuerto. Sin dilación, salida rápida (no hay que cargar las cosas en los autocares). Foto de rigor con los chicos del catering por parte de ciertas admiradoras. Josefina controla. Se convertirá sin duda en ritual.

Saliendo de Melide, con sello del personal (stamp –hay más foráneos que hispanos-), compra de lotería –a ver si sale en la tele Melide pronto-, algunas provisiones de máquinas expendedoras que se desparraman por todos los tramos), los eucaliptares enmarcan la escena. Día excelente; parece contratado con José Antonio Maldonado o la Agencia Española de Meteorología. Por el río Valverde, un puente de sospechosas piedras tumbadas (parecen menhires –monolitos verticales de la prehistoria-) nos permiten el paso animoso. Paradas técnicas en Raído y luego en Boente (sellamos en la sacristía de la iglesia, y de paso echamos la voluntad para coger estampitas de Santiago, advocación de la ermitita). En la única calle-plaza de Boente, otra piedra de pie. Tienen verdadero vicio en poner las piedras apuntando al cielo, en vallas, en mojones camineros,…La sucesión de hórreos da un sello paisajístico a este añejo macizo (los chalets también los resucitan como suscripción renovada y remembranza de los ancestros –alguno parece comprado de Leroy Merlín-).

Parada técnica en O Río, una frondosa y amena vaguada. Intercambios de todo tipo de chucherías, frutos secos, chocolatinas, un buchito de agua. Todo el mundo es desprendido. Se ofrece más que se reserva. Nadie mira cuánto se coge ni a quién se le da.

El coche escoba se vacía (los amortiguadores retoman su forma original). El Camino, más que nunca, permite hablar con quien no se suele hacer tan deportiva práctica: escuchar. Algunos, a posta, buscan la soledad, se meten en sus cosas, en su mundo, intentan interiorizar en su cabeza el sentido de todo esto.

Llegamos al puente romano de Rivadiso, en el río Iso (¡qué poeta somos a veces y qué socorridos son los pareados!), el de más antigua “referencia documental de Galicia de este tipo de construcciones”. Monasterio franciscano restaurado en 1992/1993 que bien merece. Bañarse bajo el arco de medio punto de un pons romanus que unió Lucus Augusta (Lugo) con Aseconia (Compostela) no es cualquier cosa. Merece una promesa de retorno. Allí nos atiende Dolores, que nos sella la credencial y se sorprende del mogollón de gente que se le viene encima.

Algunas grietas casi insalvables por disparidad de criterio o más bien alguna displicencia (más las salpicaduras que se irrigan por los walkies-talkies –este pasaje está encriptado por lo mismo-) salen por la convivencia, fisuras que el Camino cierra antes de llegar al siguiente cruceiro. Levantando la vista, Arzúa nos permite la entrada y salida en un pis-pas (zigzagueamos entre albañiles, vallas amarillas, hormigoneras y palas –más zanjas que Madrid, y más peligro que los vados y los barros de las veredas-). A 1 km, el río Vello, y en bosque caduco (las hojas secas nos sirven de colchón), entre sol y sombra, almuerzo (sándwich  de chorizo y queso, braseado de verduras, naranja, chocolatina). Y después de una buena comilona, siesta. Río Brandeso, subida a Preguntoño, y vistas de un paisaje muy equilibrado con Arzúa en lontananza.

Adelantamos a Jeff y Sherry (Santa Bárbara, California), con hija en la Universidad Complutense. Salieron de Triacastella (130 km), y hoy desde Leboreiro. Buenos deseos recíprocos. Carga de agua en A Calzada (íbamos friticos). En Calle, un perro sale lanzado por la presencia de un gato (el mundo al revés también en la ruralidad ajena a la mundanidad). Los chicos bromean con una boda ficticia que celebrarán. Todos nos repartimos los papeles: el cura, los monaguillos, testigos, los padrinos, los invitados, el fotógrafo. Nos tronchamos de risa. Sólo nos falta okupar una parroquia y celebrar el mayor acontecimiento de siglos en el sitio elegido. Puestos a improvisar….

Al salir de Calle, nos topamos con Alejandro, burgalés, casado en Valencia, separado en estas latitudes. En bicicleta, fumando fuerte y con la camiseta de España la Roja, me dice que si es verdad que hablaremos de él. No me queda más remedio, sino vendría a buscarnos a Córdoba. Un personaje con carácter. Se lo prometo, y me ofrezco a darle la dirección web.

De ahí, hacemos un alto viendo una máquina devoradora de eucaliptos (tela, pela y corta –me sirve para recordarle a los muchachos que hay que estudiar, no hay otra-). Las máquinas nos salen como gigantes dinosaurios: un tractor se encasquilla, ni él ni nosotros, una aplanadora que casi nos afeita,…

Salceda es una mota, pero tiene una grúa que parece amagar el primer rascacielos del Camino. El sitio es, de momento, más alto que ancho. Merienda en O Pino (que es Salceda –esto es un follón-) y vuelta en autobús. Cena: albóndigas, arroz y pasta, yogur. Comienza el parque de atracciones. Esto no hay quien lo entienda.

Paisajes y peregrinajes

Apunte caminero (tercero)

JOSÉ R. PEDRAZA (Melide, A Coruña). Buena noche la de ayer; sin sobresaltos. Algún golpe jugando al fútbol, agujetas por doquier, dolores sentidos por primera vez, pero la ilusión no sólo se mantiene intacta, sino que se ha fortalecido. Es cierto, que a última hora, Paco Montávez, el médico, estaba el pobre saturado. La frase más repetida: “¡Paco, me miras las ampollas!”.

El pabellón echó las luces. Antes, sesión de cine. El equipo telemático (Antonio al frente, ¡qué máquina!) se las ingenió para proyectar una selección de imágenes en el testero del pabellón cual cine de verano. El vello de punta de todo el personal tirado sobre las colchonetas y metidos en los sacos de dormir. Un mismo recogimiento, un sentimiento compartido. ¡Qué espectáculo de imágenes, qué miradas! El paisaje nos embauca de día, nos sumerge en él de noche. Los sueños, después de lo visto, tenían que ser felices.

Cuando definitivamente se hizo el silencio, unos resplandores seguían saliendo del laboratorio TIC. La redacción de prensa aún no había echado el cierre, y Manuel, Alberto T., Antonio  y el firmante seguían con la producción audiovisual (instantáneas, crónicas, notas de algunos chicos,…y mañana, si se puede, algún paisaje sonoro). Parecíamos unos astronautas en medio de un hangar de la NASA. La madrugada pasaba de largo y la conexión con el mundo exterior se mantenía latente. En el sepulcral y frío silencio de la noche (además encapotada), simplemente se sentía el tecleo de los pecés (ordenadores).

A las 8, en pie. El desayuno, bien (pan con mantequilla, megamagdalena y leche). Orden del dire: “Todo el mundo con los chubasquero, ya!!!”.  Foto de familia. Todos mirando al pajarito de una cámara que nos observaba cual Gran Hermano. Se tomó su tiempo la puñetera; mientras tanto, varios plásticos rajados. Parecíamos una cuadrilla de Pescanova o una campaña publicitaria de pollitos piones.

Pasado el pueblo de Palas, por un callejero intrincado, llegamos a San Xulián do Camiño, un paraje precioso. Todos convenimos que es una etapa bonita, mejor que lo que habíamos intuido. En Casanova, en medio de un cuestón brutal (y en línea recta, de los que no se esconden y te retan desde abajo –“me cachis”-), una parada para sellar. Agrupamiento: hay armonía, la marcha ha bajado ostensiblemente el ritmo y el grupo es compacto (en todo).

En O Coto hacemos una parada refrigerante (también técnica –a veces se confunden, ja, ja, ja-). En la tasquilla nos llama la atención que las mesillas están alineadas y todas juntas. No hay mesas independientes, y las sillas colocadas a modo de bancas para que los peregrinos se sienten juntos y mirándose. Es toda una metáfora del Camino, todos juntos sin preguntar la condición ni la procedencia (quizá el lector se extrañe de que hayamos visto más extranjeros que españoles; aquí casi no hemos reparado en ello, no hemos caído en la cuenta). Los prejuicios, las diferencias, las desigualdades,…quedaron en la salida. Dije antes “otro mundo”. Pues si lo dije o no, lo digo ahora: otro mundo.

A un tiro de piedra, el almuerzo, 14, 30 h. Laboreiro nos da su paisaje, y allí nos esparcimos. El paraje de la comida es de ensueño. Arroyo cristalino, pastos separados por muretes de piedra, todo verde, el cielo abierto (ni una nube –sólo Sonia apostó por que se abriría la jornada-), y en ligera pendiente, los escribanos devorando el menú (sandwich de ensaladilla, habichuelas frías con pollo –exquisitas-, pera, chocolatina y botella de agua). De postre, la Señora Delegada de Educación, Antonia, que llama para interesarse por nosotros; Paco, henchido, no daba abasto a relatar lo hecho y lo que tenía delante de sus narices –quería contar tanto, que casi se atraganta-: comidos y tirados en el prado al sol –achicharrante por momentos-, y Antonio conectando por onda con el satélite. “No hay bastante internet”, proclama. Sólo hacía falta que el satélite hubiese aterrizado en ese momento para que la escena fuese del todo inenarrable. Con la emoción de Paco, todo hubiese sido creíble.

Llegamos a Furelos. Puente romano de museo (mejor no decirlo mucho, vayamos a que algún iluminado nos deje sin la pasarela milenaria). Atravesamos, a poco de llegar a Melide, el kilómetro 55’5, ecuador de nuestra aventura.

En Melide, sol de justicia, llegamos al Palacio de Congresos. Una manzana de más 10000 m2 cubierta, y en un trocito de recinto ferial (aquí creemos que se juntan más vacas que congresistas), una instalación con varios habitáculos de 10 literas cada una. ¡Los niños con los niños, las niñas con las niñas! Qué pedazo de recinto: estoy por apostar que un hipódromo cabría holgado. Comienzan las duchas, que buena falta hacen tras la siesta cordobesa que hemos traído.

Los chicos tienen ganas de seguir jugando en el pabellón. La cena: ensalada de legumbres, pasta con salmón, yogur, pan, agua. Buena, sana, pero cuando la cosa tira a verde en el plato, con la juventud, ya se sabe. No hay miedo, se come, se duerme, se camina; se come, se duerme, se camina.

Paisajes y peregrinajes

Apunte caminero (segundo)

JOSÉ R. PEDRAZA (Palas de Rei, Lugo). Por las claraboyas del techo de uralita, a las 8 h la luz entraba cual Diana. Fue tanto el cansancio de ayer, que la noche nos iba a sentar como dos noches juntas. O tres. Las caras eran otras, y las pilas se habían recargado por si mismas. Los dolores eran cosa de un sueño pasado, y el engrase había llegado a articulaciones, músculos, tendones, ligamentos, y neuronas. Ya nos habíamos dando cuenta de dónde estábamos. Y lo mejor (y lo peor): no había vuelta atrás.

El libro de ruta glosaba: “La tónica general de esta etapa es el ascenso ya que de los 24 kilómetros con los que cuenta, 20 pican hacia arriba. Lo bueno que tiene es que el peregrino se encuentra con suelo favorable, tanto en los tramos asfaltados como en los caminos. Esta jornada arranca con una fuerte subida nada más salir de Portomarín, lo que permite hacerse una idea de cómo va a ser el resto. Esta primera pendiente se encuentra rodeada por un arbolado que, a pesar del esfuerzo al que obliga la cuesta, la hace muy agradable”.

A las 10,30 h comenzó la cuesta. Antes, el desayuno (bollito con mantequilla y mermelada, vaso de leche y cacao, donuts) en medio de la plaza, y recogida de todas las maletas, colchones, bolsos…Sin exagerar, el pabellón quedó mejor que estaba. ¿No podría ser siempre así?

Cargamos todo en el autobús, y salida atravesando nuevamente el embalse. Repechón, y primeros sudores (el día está mucho más fresco que ayer, pero a algunos la mantequilla casi le chorreaba por donde la espalda pierde su nombre antes de llegar al primer cambio de rasante). El coche escoba, hoy , está alerta. Los mapas (el atlas hecho a medida, para eso están los sastres) comienzan a surtir efecto. Ayer fueron papel mojado.

La carretera nacional nos va a servir de espina dorsal, y la cruzaremos periódicamente. Los pies despegan bien del suelo, y cuneteando vamos serpenteando en línea recta. La brújula apunta al noroeste. Es domingo, y los coches tampoco los vemos. Ni casas, ni gente. Nadie. Poco.

El paisaje mantiene el carácter galaico. El verde homogeneiza,  con infinitos tonos, el espacio suavemente alomado.

Paradas técnicas en Toxibé, en Gonzar (donde sellamos), y tras un buen tirón, cruzamos Castro Mayor (¡Vaya igrexa! –muy chiquitita, muy coqueta-), con su cementerio adosado a los muros parroquiales (¡aquí la vida y la muerte están casa arriba, casa abajo!). Por fin, llegamos al crucero de Lameiros, de 1674, verdadero joya del barroco popular, con su crucifijo por una cara y su piedad por la otra, y los instrumentos de la pasión, y por delante, la calavera, la muerte, esa que nos debiera hacer humildes a todos, las que nos iguala. Ajenos a simbologías, elegimos este pago para comer, un rincón auténtico, enigmático. La comida fue bien degustada (puré de patata, ternera, sándwich de atún con tomate, chocolatina y manzana); ya había desgaste energético para comerse a una de las vacas que desfilaron en fila india mientras hacíamos cola para satisfacer el apetito. Una de las vacas casi nos homenajeó reconociendo que éramos andaluces. Por un momento, las afueras de Ligonde por poco si se convierten en la Plaza de los Califas. Los sanfermines de Lameiros, comienzo de toda una nueva tradición creada por cordobeses. Por un momento, la columna del cruceiro se transformó en burlaero improvisado.

Terminadas las viandas, un ratito al sol. Un verde (así se dice en nuestros pueblos) hizo de improvisada playa. Entre bromas y risas, nos quedamos en silencio. Y soñando con los castros celtas que no nos daba tiempo a ver (y con otras cosas más mundanas), nos quedamos durmiendo entre el verde pastizal y el espacio azul. Alguna nube remolona pasaba por encima nuestra como si nada más pasara en el mundo. A unos pocos de nosotros con algunos añitos, se nos vino encima una especie de síndrome de Heidi de Los Alpes.

Recogido todo (¡allí no había pasado nada!), reinicio de la marcha. La tarde se presenta clara y fresca. Pasado Portos, nos detenemos a merendar en Lestedo. Amagamos pararnos en la puerta de una casa en la que nos acechaba el coche escoba. Como no teníamos sombra, buena excusa para mandarnos la señora del caserío un “poquiño más arriba, donde hay un viejo castaño”. (Menos ruido, menos suciedad). El colmo: a la puerta de otro camposanto. Pero en Galicia, hasta nosotros, vemos que pararnos a descansar en las puertas de cementeritos como éstos es tan normal como lavarse la cara por la mañana o recoger la mesa después de comer (no se me ocurren otras cosas más poéticas).

No habíamos dado tiempo a digerir el puré y lo demás, cuando se abren las bolsas del Carrefour y…venga galletas, venga zumos, venga comida. La merienda. El Camino servirá para mucho, pero a este ritmo de ingerir calorías, no vamos a caber ni por el Pórtico de la Gloria en la catedral de Santiago.

El Camino se suaviza, se adhiera nuevamente a la carretera, y con un  pavimento más propio de las calzadas romanas (grandes losas propias de algún político amante del megalitismo), nos recibe Palas de Rei. El pabellón de deportes, moderno, y parecido a un pabellón –no a una lonja soviética- nos da cobijo en esta segunda noche. Algún familiar corchúo nos acecha y sale al encuentro (ahora recuerdo, que una señora de Portomarín vive casada en Villaviciosa, según nos dijeron). El mundo es un pañuelo.

Terminamos la jornada cenando en las gradas del pabellón (pastel de pescado, hamburguesa, patatas, yogur). Como no había nada que ver en la pista, pues a comer. Hay más tiempo de divertirse hoy. Los chicos se expansionan entre fútbol, un paseo, la charla y las confidencias. El pabellón nuevamente parece un barracón bélico. La Escribana se ha ganado a pulso el sueño. El ordenador se apaga porque no funciona sin electricidad. La llavecilla de la luz se cierra. Off.

Paisajes y peregrinajes

Apunte caminero (primero)

El cuaderno de ruta para el día de hoy nos apunta: “En esta etapa es imposible aburrirse, tiene prácticamente de todo, y el peregrino estará entretenido. A lo largo de los 22 kilómetros, el itinerario se cubre por camino bueno, tramos embarrados, descensos fuertes, pendientes suaves…Además, se cruza la vía del tren; varios ríos, estupendos paisajes, puentes sobre el precioso embalse de Belesar…Si a todo esto le sumamos que el perfil no reviste ninguna complicación y que se pasa por el mojón número 100, esta etapa puede ser realmente llevadera”.

Pues todo lo escrito, verdadero. Y más: la Galicia profunda y sigilosa, la de caminos apenas señalados en el territorio, despoblada, con brisa atlántica de un océano que nos recuerda que el Finisterre está detrás del horizonte al que miraremos durante varios días. Mucha humedad, mucho helecho, mucho musgo, mucha yedra, hierbas frescas, y claro, olores de la arcana Gallaecia.

Saliendo de Sarria, nos damos una tregua para sellar la credencial. Si no hay sello, no hay Compostela, y la búsqueda de esa rúbrica, de este atestiguamiento de que estuvimos allí, en ese sitio, y que buscamos la constancia notarial de que fue así, crea un espíritu de lucha, de inconformidad, de cooperativismo. Lo que cuesta se valora, y tener perseverancia en el empeño crea una actitud óptima para afrontar el Camino. Cosas que no siempre vemos a diario en nuestros jóvenes, florecen como por arte de magia nada más llegar. Hay empatía, hay acercamiento, hay buen rollo, hay ganas de agradar. Pero dejemos el tema de los valores para más adelante.

Mientras vemos la impresionante iglesia de El Salvador (¡puf, qué pasada!), nos sella el amigo Eugenio en el Concello (Ayuntamiento). “¡Buen Camino!”. Es el preludio de que éste es ese inconfundible espíritu navideño que a todos nos embarga llegado el fin de año. El Camino nos contagia de bonhomía, de lo mejor que sale de las entrañas. ¿No podría ser siempre así, todo el año, en todo momento, en el trabajo –que se llama instituto- y en las casas? El Camino, aún empezando, ya está justificado.

Desde el Cruceiro de Sarria, salimos sobre las 11,30 h. Charlamos, antes de la Magdalena (monasterio mercedario de claustro soberbio), con Doña Flora Díaz. Nos inyecta encanto con su amabilidad.

Siguiendo al pie de la letra la ruta que nos ofreció el Instituto Geográfico Nacional, la primera en la frente. El trazado, recién dejado el Cementerio de Sarria, no lo han pisado en años ni las meigas. Una selva. Con cierta decepción del rutero, aprendemos pronto que lo que hay que seguir es la flecha amarilla. Ahí no hay duda.

La ruta baja y sube. Etapa rompepiernas. Esto se parece al movimiento de los avioncitos de las ferias. No da tiempo a la apatía. De todo un poco. Tras O Castro y As Paredes, a algo más de 500 metros de altitud, llegamos a Barbadelo-Vilei. Con algún problemilla de salud por algunos integrantes, se conforman muchos grupetos. Así es el Camino, cada cual a su ritmo, con orden y sabiendo dónde nos vemos, pero cada cual a su ritmo. Sin miedo. No cabe la posibilidad de que algo malo pase. Santiago, el apóstol –claro-, y todos los que van a su encuentro no pueden permitir que nadie deje de tener buena estrella, mejor ventura.

Tras sellar y saludar a gentes de todos lados, una viejita nos anima a ver su iglesia, “que está sólo a medio kilómetro, y lleva ahí desde hace doce siglos, que son 1200 años” (para no dilatarnos más de la cuenta, recomendamos los apuntes camineros que están en este blog en “Ruta” –ánimo lector-).

Los que íbamos primeros, quedamos los últimos. Por el mandato bíblico, nos conformamos. Te das cuenta, que cuando todos venimos a pasarlo bien y a cumplir los objetivos que escribimos en el Proyecto –en “Proyecto”, ánimo lector-, todo está bien: el dolor no es tanto dolor, el calor es relativo cuando llega el mediodía, y el suelo no es tan duro en Galicia. ¿No podía ser así siempre?

Como llevábamos la comida, las mochilas pesaban incruentamente. Cargadas de piedras hubieran pesado lo mismo, pero como todo es bonito en esta mágica tierra, los pies podían con el lastre. Ferreiros nos aligeró el peso. Comimos en esta parroquia, tan chica que algunos tuvimos que comer fuera del casco urbano (por describirlo de algún modo) –el dicho de que era tan chico el pueblo, que el autobús sobresalía por delante y por detrás; pues aquí, esa exageración andaluza es verdad lucense-. Nuevos bríos, y con el coche  escoba barriendo el intríngulis de veredas, parroquias, concellos, carreterillas y caminillos, merendamos en Aparrocha. Las famosas magdalenas de José Ramón se hicieron presentes (“aunque nos den 50 euros, buenos son para unas magdalenillas por la tarde, que vienen muy bien”). Las cogimos con tanta ansia que por poco nos ahogamos después de una ruta larga larga.

La bajada hasta el Miño fue el mismo calvario. El remate del tomate. La vista de Portomarín en frente nuestra, tocándonos las narices, nos hacía frenarnos (no para no chocar con las casas, sino para no caernos en O Minho). Casi volamos sobre el embalse de Belesar. Vértigo del bueno.

El pueblo, un encanto. Reagrupamiento definitivo. Descarga de autobuses, tomamos la pista polideportiva (al entrar creíamos estar en una lonja, pero todo con encanto), y un ejército corchúo se tiró al suelo como si de un bombardeo se tratara. La cancha se hizo dormitorio. Llegó el catering (patatas fritas, cerdo y empanada galega), y la plaza del pueblo se hizo comedor. Con dos retretes para todos, y unas duchas de aquellas de otros tiempos (me entienden los deportistas de la vieja usanza), nadie protestó. ¿No podía ser así siempre?

Las luces se apagan antes de la media noche. Mañana espera otro trecho, y los pies, más que el alma, están maltrechos. Pero como dijimos que lo hacíamos (el Camino se entiende), a lo hecho, pecho.

Día O (Continuación) …

Publicado: abril 10, 2011 en Uncategorized

Paisajes y peregrinajes

Apunte caminante (cero … continuación)

JOSÉ R. PEDRAZA (Sarria, Lugo). Bajo la tintineante cúpula celeste, en una oscura noche cuajada de estrellitas, en una especie de túnel del tiempo, cruzamos la vieja Ruta de la Plata en un visto y no visto.

La cena, en donde fechamos el primer apunte, fue en Villafranca de los Barros, “ciudad de la música” (al verlo, Julio se pone algo nervioso –contento, creo que ve posibilidades de interpretación o de negocio-). En el bar de carretera en el que nos paramos, en un improvisado y alegre baile de la tercera edad, toda la excursión se sumergió miméticamente danzando la conga y otros compases propios de esos eternos jóvenes de pelo blanco. Pura mezcolanza con el paisanaje.  A alguna alumna, de rictus serio por lo común, le pregunto que  se la ve feliz, que si ha llorado ella o su madre. Respuesta: “No, no ha llorado, pero me ha dado por lo menos 3000 besos”.

Arrancan las dos naves. Noche de silencio. Acurrucamientos en los angostos asientos, posturas imposibles, y algún que otro ronquido entre risitas y el susurro de algún Mp3.

Parada técnica a 35 km de Salamanca. La noche aprieta, el termómetro se viene abajo. Los coches le dieron la espalda a la autovía. Nadie. Nada. La ruta, compuesta y sin compromiso.

Nos metemos sin solución de continuidad en León,  el viejo reino del felino rampante. El Medievo en esencia. Área de Servicio El Manzanal, a 40 km de Ponferrada.  Apunta el Sol a las 8 h en punto. Algún corzo se divisa entre los pinares. El bar, literalmente, queda desvalijado por un tropel famélico que devora a troche y moche donuts, cañas rellenas, cruasanes, magdalenas. Dimos con todo. El camarero, como escapatoria, omitió las tostadas. Muchas tela para uno solo. ¡Pobrecillo!.

Con las primeras luces alboreando, el Sil en Ponferrada (70000 habitantes en el concejo) le da forma a la fortaleza templaria del siglo XI que controló el herrumbroso puente de hierro (de ahí, pons ferrata). Ponferrada es plaza de categoría (el equipo está en Segunda –lo digo sin segundas-).

Minas de hierro por doquier, pizarras en los montes, fresnedas. Morfologías redondeadas de tiempos de María Castaña (Paleozoico le dicen algunos), las postreras nieves en los altozanos y en las cresterías con antológicas formas glaciares, tejados del terruño, y como contraste, arquitecturas contemporáneas de una ciudad que entra con buen pie en el XXI. Buena pinta tiene.

A las 9 h. Paco, Alberto y Josefina se bajan para coger el coche escoba que nos servirá de hospital móvil improvisado. Entre tanto, algún alumno sólo se ve hierbas por todos lados para que su caballo coma. ¡Qué hierba, madre mía! –musita como si fuera a alquilar otra furgoneta para llevar el verde a Villaviciosa-. El cartel de Las Médulas nos marca el rumbo de una tierra dorado en tiempos de los romanos. El yacimiento hoy es un queso gruyer, otrora fue una mina de oro en toda su plenitud; una mina, vamos.

Se nos aparece el paisaje-mosaico. La pendiente marca el límite de lo humanamente aprovechable. Una garriga (monte bajo) de brezo, espinos, robledales frondísimos, olmedos y hayedos deshojados, pinos negros…componen otro mundo. Tras os montes dicen los hermanos portugueses. Entramos de golpe en la España oceánica, la verde, la de los celtas y los suevos. Rozamos Los Ancares y O Courel, los tocamos de refilón. A las 9, 34 hollamos Piedrafita do Cebreiro. Galicia nos espera y nos recibe encantadora. Prados altos, campas, las orientaciones muy acusadas, de libro, marcando la orografía la umbría y la solana, el efecto Foëhn, el sotavento y el barlovento, los pisos altitudinales. ¡Qué bonito! El alumnado mira y mira,  y preguntan. Buen ambiente para el Camino que nos espera. Todo el mundo expectante, predispuesto.

Entre profundas hendiduras y valles encajados, impresionantes infraestructuras (viaductos, antenas, túneles…) nos sumergen en el precámbrico mundo, el suelo más viejo de esta España nuestra.

Comienzan los abetos, el brezo, el caserío intercalar, y los topónimos sonoros: río Navia, Navia de Suarna, Cervantes, Becerreá, Saa. La carretera se insinúa insinuante.

Noticia: a las 9, 53 h Manuel se hace notar por vez primera. ¡Se ha quejado de algo! Es tan buena gente, que trabaja y no suena. Un buen ejemplo para todos y todas. La carretera es paisajística total, lo que hemos perdido en buena parte del sur, y del este, y del oeste. La hierba llega al asfalto y el perfil se ambos se desdibuja. Otra cosa, otro mundo. Entre vacas y un minifundismo cual dédalo, nos sumergimos en el concejo de Sarria, una especie de hoya con campos más abiertos (openfield), tierras mollares, extensivas.

El verde refulge con una luminosidad límpida. Azul, azul, azul. Atravesado el río Sarria, el pueblo se abre ante la expectación de los somnolientos viajeros. Comienza la primera ruta.

Paisajes y peregrinajes

Apunte de campo (cero)

JOSÉ R. PEDRAZA (Villafranca de los Barros, Badajoz). Llegó el día, llegó la hora. Un vieja idea, como otras felices iniciativas -y que conste que son pocas las que se quedan por el camino o en el tintero- se materializó. El mundo de las ideas hecho proyecto. El proyecto andando, haciendo camino. Arrancó el Camino de Santiago escribano. Antes había empezado en las charlas, en la conferencia de los amigos del Séneca, en el blog,…Ahora de verdad, con todos los sentidos puestos hacia Compostela.

La Escribana arremolinada. Las familias alborotadas. El pueblo en la calle. Viendo el paseo lleno o la calle Córdoba hecha un río humano, parecía sólo faltar Luis García Berlanga, cámara en ristre desde el balcón del Ayuntamiento, grabando “Bienvenido Mister Marshall”.

Calor humano, calor primaveral. Uniformados con denominación de origen en el pecho, Sierra Morena, un mismo pálpito, una ilusión compartida.

26º C, 21 h 50 minutos, 73 alumnos y alumnas, 13 docentes, 1 médico, 2 chaufeurs. Con los nervios propios de la aventura, apretujones, lágrimas, maletas, mochilas.

Cae la noche. La brújula apunta al norte. La luna creciente nos marca el rumbo, como las estrellas que en los albores del siglo IX señalaron el sitio apostólico al obispo Teodomiro. Allí vamos.

… ! mañana salimos !